sábado, 1 de enero de 2011
Fines científicos. Thomas Bernhard (De El Imitador de voces).
FINES CIENTÍFICOS
Un peluquero que se volvió loco de pronto y, en su salón de Londres, le cortó la cabeza con una navaja a un duque, al parecer perteneciente a la familia real, y que está ahora en el manicomio de Reading, que fue en otro tiempo la famosa cárcel de Reading, se ha manifestado dispuesto, al parecer, a legar su cabeza para fines científicos que, en su opinión, serán premiados en ocho o diez años al menos, por la Academia de Estocolmo, con el premio Nobel.
Thomas Bernhard, dramaturgo, narrador y poeta austriaco (1931-1989).
Tomado de Material de Lectura N# 85 Thomas Bernhard.UNAM. Coordinación de Difusión Cultural. Dirección de Literatura. México, 2010.
Una pequeña fábula. Franz Kafka.
UNA PEQUEÑA FÁBULA
¡Ay! -dijo el ratón-. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que le tenía miedo. Corría y corría y por cierto que me alegraba ver esos muros, a diestra y siniestra, en la distancia. Pero esas paredes se estrechan tan rápido que me encuentro en el último cuarto y ahí en el rincón está la trampa sobre la cual debo pasar.
-Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo -dijo el gato... y se lo comió.
Tomado de: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/kafka/pequenya.htm
Franz Kafka
Escritor en lengua alemana, nacido en Praga, 1883-1924.
Lectora: Milka García.
Enxiemplo. Miguel Gomes
ENXIEMPLO
De Visión memorable, Fundarte, Caracas, 1987.
Una hebra de su camisa fue atrapada por la puerta del vagón.
El tren comenzó a alejarse.
La estación del Metro totalmente desierta.
Un repentino tirón en su hombro lo hizo caer. Aturdido aún por la sorpresa, quiso levantarse, pero no pudo mantener el equilibrio.
Nadie que lo ayudase. Su ropa no tardó en desaparecer.
Durante algunos segundos, llenos sólo de silencio, pensó que todo había acabado. Pero entonces el hilo llegó a ese sitio oscuro en que la carne y la tela se confundían.
Un grito. ¿Fue suyo?
Insensible ya, partió tras el tren, deshilvanado rápida y minuciosamente.
Quizás lo último que intentó fue alcanzar las escaleras de la estación.
Jamás lo haría. De él sólo restaba la presencia incierta de todo lo que había sido.
Miguel Gomes
Escritor, traductor, ensayista y crítico venezolano, (Caracas, 1964).
Lectora: Milka García.
Platero y yo. Juan Ramón Jiménez. (Fragmento)
I
PLATERO
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: “¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…
Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas, mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel…
Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
- Tien’ asero…
Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.
De Platero y yo, (1917): 2006. Espasa Calpe, edición conmemorativa con ilustraciones de Fernando Marco.
Leído por: Milka García.
viernes, 31 de diciembre de 2010
El Paco, Milka García
El Paco
Autora y lectora: Milka García (Maracaibo, 1983)
Estudiante de la Licenciatura en Letras, Universidad del Zulia, Venezuela.
Una aldea en el desértico valle de una montaña se alzaba pobremente casi del polvo. Sus cuarenta casas viejas se alineaban en círculo alrededor de una plaza poblada de altos árboles y revoloteantes palomas que dejaban sus plumas por doquier. A un costado de la plaza se alzaba el sacramental edificio que constituía la iglesia contrastando con el orden ruin en el que se elevaban las demás fachadas –mercado y hospitalucho incluido-.
La familia más pudiente de esta aldea había construido su casa al otro lado de la plaza. La casa era modesta y muy amplia; en la entrada burbujeaba una pequeña fuente de la que solía manar un agua muy fría.
Paco levantó la mirada hacia la fuente de aquella casa. Tenía tanta sed. Sus ojos se posaban sobre aquel torrente de agua clarísima, fría, quizá dulce. Su sed le nublaba el pensamiento, le hacía recordar vagamente la paliza recibida el día anterior.
Nadie en la aldea reparaba en Paco, salvo las palomas que él mismo ahuyentaba a ladridos, correteando e intentando morder y un viejo carnicero que de vez en cuando le traía los huesos sobrantes del mercado. No poseía privilegio alguno, sólo el frío pasto debajo de un banco y el anhelo de aquella agua helada.
Esa tarde la aldea estaba solitaria, en la plaza habían desaparecido los peatones. Brillaba un sol rutilante en la cima del cielo.
Después de haber correteado toda la mañana a las palomas y escarbado debajo de un árbol en busca de un hueso olvidado que roer, Paco, estaba sediento. Parecía tener fiebre: respirando rápido, jadeante y con toda la lengua afuera chorreando baba.
En su cabeza debía gestarse un plan para calmar su sed.
Así, debajo del banco, erguida la cabeza y las orejas, miraba fijamente su objeto: el agua correr de aquella fuente ¿Cómo poder salvar esa prohibición de entrar en aquel patio con sus “cochinas” patas llenas de barro a beber? ¿Acaso en lo profundo de la mente pudo su obscura psiquis fabricar un plan?
Lento, agazapado y con el pelaje revuelto se fue acercando a la casa. Cruzó la calle. Del mismo modo se pegó a la cerca. Sigiloso consiguió entrar en el patio. Su olfato agudísimo le indicó la ausencia de personas cerca de la fuente. Creía poder llegar alzándose sobre sus patas traseras y beber.
Sin duda llegó. Se apoyó en el borde hundiendo el hocico antes de lamer (ambas patas delanteras dentro del agua).
¡Agua! ¡Por fin! Aunque no tan fría como había imaginado mojaba su lengua, bajaba por su garganta ¡Le refrescaba! Bebía a ojos cerrados.
- ¡Zape! Perro inmundo – gritó la mujer propinándole un escobazo – Esos vagabundos, sucios…
Paco se alejó de la fuente gruñendo y mostrándole sus punzantes dientes. Una vez fuera (cabizbajo, cola entre las patas, orejas gachas, ojos airosos y costillas adoloridas), fue a refugiarse debajo de su banco en la plaza.
Satisfecho, refrescado, había logrado vencer su sed. Sólo faltaba su hambre.
Publicado originalmente en http://melcopoesiamusical.blogspot.com
martes, 16 de noviembre de 2010
La oveja negra. Augusto Monterroso
LA OVEJA NEGRA
Augusto Monterroso (1921-2003)
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.
De La oveja negra y demás fábulas. Editorial Joaquín Mortiz, México, 1969.
Los dos reyes y los dos laberintos. Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges
(1899–1986)
Los dos reyes y los dos laberintos
El Aleph (1949)
Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “¡Oh, rey del tiempo y sustancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso.”
Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquél que no muere.
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